Algunas anotaciones sobre el rosario

Contenido

Marialis Cultus, de Pablo VI

De la exhortación apostólica Marialis Cultus, de Pablo VI, para la recta ordenación y desarrollo del culto a la santísima Virgen María:

44. Se ha puesto en más clara luz la índole evangélica del Rosario, en cuanto saca del Evangelio el enunciado de los misterios y las fórmulas principales; se inspira en el Evangelio para sugerir, partiendo del gozoso saludo del Ángel y del religioso consentimiento de la Virgen, la actitud con que debe recitarlo el fiel; y continúa proponiendo, en la sucesión armoniosa de las Ave Marías, un misterio fundamental del Evangelio —la Encarnación del Verbo— en el momento decisivo de la Anunciación hecha a María.

45. El ordenado y gradual desarrollo del Rosario refleja el modo mismo en que el Verbo de Dios, insiriéndose con determinación misericordiosa en las vicisitudes humanas, ha realizado la redención: en ella, en efecto, el Rosario considera en armónica sucesión los principales acontecimientos salvíficos que se han cumplido en Cristo: desde la concepción virginal y los misterios de la infancia hasta los momentos culminantes de la Pascua —la pasión y la gloriosa resurrección— y a los efectos de ella sobre la Iglesia naciente en el día de Pentecostés y sobre la Virgen en el día en que, terminando el exilio terreno, fue asunta en cuerpo y alma a la patria celestial. Y se ha observado también cómo la triple división de los misterios del Rosario no sólo se adapta estrictamente al orden cronológico de los hechos, sino que sobre todo refleja el esquema del primitivo anuncio de la fe y propone nuevamente el misterio de Cristo de la misma manera que fue visto por San Pablo en el celeste "himno" de la Carta a los Filipenses: humillación, muerte, exaltación (2,6-11).

46. Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. La repetición del Ave María constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios; el Jesús que toda Ave María recuerda, es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen, nacido en una gruta de Belén; presentado por la Madre en el Templo; joven lleno de celo por las cosas de su Padre; Redentor agonizante en el huerto; flagelado y coronado de espinas; cargado con la cruz y agonizante en el calvario; resucitado de la muerte y ascendido a la gloria del Padre para derramar el don del Espíritu Santo. Es sabido que, precisamente para favorecer la contemplación y "que la mente corresponda a la voz", se solía en otros tiempos —y la costumbre se ha conservado en varias regiones— añadir al nombre de Jesús, en cada Ave María, una cláusula que recordase el misterio anunciado.

47. Se ha sentido también con mayor urgencia la necesidad de recalcar, al mismo tiempo que el valor del elemento laudatorio y deprecatorio, la importancia de otro elemento esencial al Rosario: la contemplación. Sin ésta el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "cuando oréis no seáis charlatanes como los paganos que creen ser escuchados en virtud se su locuacidad" (Mt 6,7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza.

48. De la contemporánea reflexión han sido entendidas en fin con mayor precisión las relaciones existentes entre la Liturgia y el Rosario. Por una parte, se ha subrayado cómo el Rosario en casi un vástago germinado sobre el tronco secular de la Liturgia cristiana, "El salterio de la Virgen", mediante el cual los humildes quedan asociados al "cántico de alabanza" y a la intercesión universal de la Iglesia; por otra parte, se ha observado que esto ha acaecido en una época —al declinar de la Edad Media— en que el espíritu litúrgico está en decadencia y se realiza un cierto distanciamiento de los fieles de la Liturgia, en favor de una devoción sensible a la humanidad de Cristo y a la bienaventurada Virgen María. Si en tiempos no lejanos pudo surgir en el ánimo de algunos el deseo de ver incluido el Rosario entre las expresiones litúrgicas, y en otros, debido a la preocupación de evitar errores pastorales del pasado, una injustificada desatención hacia el mismo, hoy día el problema tiene fácil solución a la luz de los principios de la Constitución Sacrosanctum Concilium; celebraciones litúrgicas y piadoso ejercicio del Rosario no se deben ni contraponer ni equiparar (114). Toda expresión de oración resulta tanto más fecunda, cuanto más conserva su verdadera naturaleza y la fisonomía que le es propia. Confirmado, pues, el valor preeminente de las acciones litúrgicas, no será difícil reconocer que el Rosario es un piadoso ejercicio que se armoniza fácilmente con la Sagrada Liturgia. En efecto, como la Liturgia tiene una índole comunitaria, se nutre de la Sagrada Escritura y gravita en torno al misterio de Cristo. Aunque sea en planos de realidad esencialmente diversos, anamnesis en la Liturgia y memoria contemplativa en el Rosario, tienen por objeto los mismos acontecimientos salvíficos llevados a cabo por Cristo. La primera hace presentes bajo el velo de los signos y operantes de modo misterioso los "misterios más grandes de nuestra redención"; la segunda, con el piadoso afecto de la contemplación, vuelve a evocar los mismos misterios en la mente de quien ora y estimula su voluntad a sacar de ellos normas de vida. Establecida esta diferencia sustancial, no hay quien no vea que el Rosario es un piadoso ejercicio inspirado en la Liturgia y que, si es practicado según la inspiración originaria, conduce naturalmente a ella, sin traspasar su umbral. En efecto, la meditación de los misterios del Rosario, haciendo familiar a la mente y al corazón de los fieles los misterios de Cristo, puede constituir una óptima preparación a la celebración de los mismos en la acción litúrgica y convertirse después en eco prolongado. Sin embargo, es un error, que perdura todavía por desgracia en algunas partes, recitar el Rosario durante la acción litúrgica.

49. El Rosario, según la tradición admitida por nuestros Predecesor S. Pío V y por él propuesta autorizadamente, consta de varios elementos orgánicamente dispuestos: a) la contemplación, en comunión con María, de una serie de misterios de la salvación, sabiamente distribuidos en tres ciclos que expresan el gozo de los tiempos mesiánicos, el dolor salvífico de Cristo, la gloria del Resucitado que inunda la Iglesia; contemplación que, por su naturaleza, lleva a la reflexión práctica y a estimulante norma de vida; b) la oración dominical o Padrenuestro, que por su inmenso valor es fundamental en la plegaria cristiana y la ennoblece en sus diversas expresiones; c) la sucesión litánica del Avemaría, que está compuesta por el saludo del Ángel a la Virgen (Cf. Lc 1,28) y la alabanza obsequiosa del santa Isabel (Cf. Lc 1,42), a la cual sigue la súplica eclesial Santa María. La serie continuada de las Avemarías es una característica peculiar del Rosario y su número, en la forma típica y plenaria de ciento cincuenta, presenta cierta analogía con el Salterio y es un dato que se remonta a los orígenes mismos de este piadoso ejercicio. Pero tal número, según una comprobada costumbre, se distribuye —dividido en decenas para cada misterio— en los tres ciclos de los que hablamos antes, dando lugar a la conocida forma del Rosario compuesto por cincuenta Avemarías, que se ha convertido en la medida habitual de la práctica del mismo y que ha sido así adoptado por la piedad popular y aprobado por la Autoridad pontificia, que lo enriqueció también con numerosas indulgencias; d) la doxología Gloria al Padre que, en conformidad con una orientación común de la piedad cristiana, termina la oración con la glorificación de Dios, uno y trino, "de quien, por quien y en quien subsiste todo" (Cf. Rom 11,36).

50. Estos son los elementos del santo Rosario. Cada uno de ellos tiene su índole propia que bien comprendida y valorada, debe reflejarse en el rezo, para que el Rosario exprese toda su riqueza y variedad. Será, pues, ponderado en la oración dominical; lírico y laudatorio en el calmo pasar de las Avemarías; contemplativo en la atenta reflexión sobre los misterios; implorante en la súplica; adorante en la doxología. Y esto, en cada uno de los modos en que se suele rezar el Rosario: o privadamente, recogiéndose el que ora en la intimidad con su Señor; o comunitariamente, en familia o entre los fieles reunidos en grupo para crear las condiciones de una particular presencia del Señor (cf. Mt 18, 20); o públicamente, en asambleas convocadas para la comunidad eclesial.

51. En tiempo reciente se han creado algunos ejercicios piadosos, inspirados en el Santo Rosario. Queremos indicar y recomendar entre ellos los que incluyen en el tradicional esquema de las celebraciones de la Palabra de Dios algunos elementos del Rosario a la bienaventurada Virgen María, como por ejemplo, la meditación de los misterios y la repetición litánica del saludo del Ángel. Tales elementos adquieren así mayor relieve al encuadrarlos en la lectura de textos bíblicos, ilustrados mediante la homilía, acompañados por pausas de silencio y subrayados con el canto. Nos alegra saber que tales ejercicios han contribuido a hacer comprender mejor las riquezas espirituales del mismo Rosario y a revalorar su práctica en ciertas ocasiones y movimientos juveniles.

52. Y ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del Santo Rosario en familia. El Concilio Vaticano II a puesto en claro cómo la familia, célula primera y vital de la sociedad "por la mutua piedad de sus miembros y la oración en común dirigida a Dios se ofrece como santuario doméstico de la Iglesia" (115). La familia cristiana, por tanto, se presenta como una Iglesia doméstica (116) cuando sus miembros, cada uno dentro de su propio ámbito e incumbencia, promueven juntos la justicia, practican las obras de misericordia, se dedican al servicio de los hermanos, toman parte en el apostolado de la comunidad local y se unen en su culto litúrgico (117); y más aún, se elevan en común plegarias suplicantes a Dios; por que si fallase este elemento, faltaría el carácter mismo de familia como Iglesia doméstica. Por eso debe esforzarse para instaurar en la vida familiar la oración en común.

53. De acuerdo con las directrices conciliares, la Liturgia de las Horas incluye justamente el núcleo familiar entre los grupos a que se adapta mejor la celebración en común del Oficio divino: "conviene finalmente que la familia, en cuanto sagrario doméstico de la Iglesia, no sólo eleve preces comunes a Dios, sino también recite oportunamente algunas partes de la Liturgia de las Horas, con el fin de unirse más estrechamente a la Iglesia" (118). No debe quedar sin intentar nada para que esta clara indicación halle en las familias cristianas una creciente y gozosa aplicación.

54. Después de la celebración de la Liturgia de las Horas —cumbre a la que puede llegar la oración doméstica—, no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su expresión frecuente y preferida. Sabemos muy bien que las nuevas condiciones de vida de los hombres no favorecen hoy momentos de reunión familiar y que, incluso cuando eso tiene lugar, no pocas circunstancias hacen difícil convertir el encuentro de familia en ocasión para orar. Difícil, sin duda. Pero es también una característica del obrar cristiano no rendirse a los condicionamientos ambientales, sino superarlo; no sucumbir ante ellos, sino hacerles frente. Por eso las familias que quieren vivir plenamente la vocación y la espiritualidad propia de la familia cristiana, deben desplegar toda clase de energías para marginar las fuerzas que obstaculizan el encuentro familiar y la oración en común.

Rosarium Virginis Mariae, de Juan Pablo II

De la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, de Juan Pablo II, sobre el Santo Rosario.

5. El motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano. El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.

7. La Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa.

9. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo.

10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable.

12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa.

13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración 'incesante', y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.

14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

15. En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir 'amistosa'. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como 'respirar' sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto». Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular», es al mismo tiempo 'Madre de la Iglesia'. Como tal 'engendra' continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo». De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. ¡María no vive más que en Cristo y en función de Cristo!

16. Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María». Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios». El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.

17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar.

Misterios del Rosario: (20-23) - Misterios gozosos: Se centran en la encarnación de Cristo y su infancia, desde la Anunciación hasta el hallazgo de Jesús en el templo a los 12 años. Representan los motivos de la alegría cristiana. - Misterios luminosos (nuevos): Abarcan momentos clave de la vida pública de Jesús - su bautismo, bodas de Caná, anuncio del Reino, Transfiguración e institución de la Eucaristía. Muestran a Cristo como luz del mundo. - Misterios dolorosos: Contemplan la Pasión de Cristo desde su agonía en Getsemaní hasta su muerte en la cruz. Revelan la profundidad del amor de Dios. - Misterios gloriosos: Se centran en la Resurrección, Ascensión, Pentecostés, Asunción de María y su Coronación como Reina. Alimentan la esperanza cristiana en la vida eterna.

24. El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el 'secreto' para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42).

25. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado». El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual «recapitula» el camino del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre. Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre.

Estructura y contenido del Rosario

26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira. Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero 'programa' de la vida cristiana.

28. El Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido.

29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento.

30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí». Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar 'hablar' a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.

31.  Lça escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación.

32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.

33. A la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo. De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.

34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloriaculmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.

37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones. En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.

38. Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de la luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz.

39. La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación. Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia.

Historia del Rosario

De Pedro Rodriguez, Costumbres de la Obra en Rialp.

En la iglesia de Santo Domingo de Cingoli, en la región de las Marcas, se venera, en su altar mayor, un cuadro de notable mérito, obra del pintor veneciano Lorenzo Lotto. Lleva por título La Madonna del Rosario. En la escena central, la que capta la primera mirada, se representa a la Virgen María que, sentada y ligeramente inclinada hacia su lado derecho, entrega un rosario a Santo Domingo de Guzmán. El cuadro, compuesto en 1539, es un fiel testigo de la cristalización, para esas fechas, de la leyenda que atribuye el origen del Rosario a Santo Domingo de Guzmán y que forma parte del imaginario de una buena parte del pueblo cristiano, que incluso lo ha recogido en canciones populares, en las que se atribuye la fundación del Rosario al santo de Caleruega. Como toda leyenda, tiene un cierto fundamento: el amor a la Virgen que profesaba Santo Domingo, el recurso frecuente a la consideración de las escenas de la vida de Jesús, especialmente en la controversia albigense, y la gran propagación que la Orden de Predicadores hizo de esta devoción. 

Sin embargo, los orígenes son otros, como han puesto de manifiesto las investigaciones eruditas de los últimos siglos. A la vista de los hallazgos, se concluye que la génesis de esta práctica devocional es más compleja y articulada, y que, en el proceso de formación del Rosario, se dan cita en su nacimiento, tradiciones del Oriente y del Occidente cristianos y se entrecruzan las líneas de fuerza de la tradición orante de la Iglesia. En un texto, del siglo XVI, se lee que el Rosario tiene su origen primero en la Orden de San Benito, se consolida entre los Cartujos, y llega a su estado de consumación y expansión de la mano de la Orden de Predicadores. Veamos en primer lugar el papel de los Benedictinos. 

1. El hogar benedictino

Un somero análisis fenomenológico del Rosario nos manifiesta una oración vocal, mariana, de aclamación y repetitiva, que se fundamenta en la salutación angélica (Lc 1, 26-38) y en las palabras de bienvenida de santa Isabel (Lc 1, 42). Este modo de honrar a María, repitiendo aclamaciones y alabanzas, tiene sus raíces en la tradición cristiana oriental. Junto con las palabras del arcángel, la piedad cristiana encontró en el Antiguo Testamento otros textos o imágenes que prefiguraban a la Virgen. A partir de éstos, crearon nuevas fórmulas para saludar a la Madre de Dios, y compusieron himnos. Pronto las liturgias orientales formaron un rico patrimonio de oraciones para alabar a María. Hacia el siglo IX la himnología oriental comienza a conocerse en Occidente, especialmente a partir de la traducción latina del célebre himno Akathistos, que desarrolla un uso multiforme del Avemaría. 
La llegada al mundo latino de la piedad repetitiva oriental se encuentra con una tradición de oración vocal muy asentada y fundamentada en la recitación del Salterio, de un modo coral. Al ser pocos los que sabían leer y al escasear los libros, el vehículo para expresar la oración personal y colectiva era la audición y memorización de los salmos. Era frecuente que, al leer el Salterio, se añadiera una breve explicación que, con el tiempo, fue decantándose en forma de oraciones colectas y antífonas, con las que se daba la interpretación cristiana del texto veterotestamentario. 

Pero en este siglo noveno, ya está muy avanzado el proceso de descomposición del latín, que dará origen a las diferentes lenguas románicas. Los fieles corrientes, al no entender la lengua, no pueden acompañar la recitación de los Salmos, porque no comprenden su significado. Por eso, para vivir el mens concordet voci de San Benito, y unirse con la intención al rezo del Salterio, se extiende la costumbre de recitar las oraciones vocales más conocidas a media voz, casi en susurro, al mismo tiempo que se leen los salmos. Estas oraciones no son otras que las de la primera iniciación cristiana, especialmente el Padrenuestro. La oración repetitiva del Oriente en honor a María entra en sintonía con esta práctica, de modo que al Padrenuestro se añaden otras oraciones dirigidas a la Virgen. Con la eclosión de la devoción mariana de los comienzos del segundo milenio, la fórmula más usada es la del Avemaría, cuya estructura y composición, en su primera parte, ya en el siglo XI, es prácticamente igual a como la conocemos en la actualidad. 

En el siglo XII, la oración repetitiva del Avemaría se propaga más aún, pero se estructura en un esquema análogo al del Salterio, con Padrenuestros, antífonas y doxologías, acompañadas de gestos litúrgicos. Las Avemarías se rezan en pequeños conjuntos, que poco a poco se agrupan en bloques de diez. Este proceso de articulación tiene como referente el rezo de los Salmos. Por eso, así como desde antiguo el Salterio se dividía en tres grupos de 50 salmos cada uno, también el número de Avemarías, que en principio son 150 porque sustituyen a los 150 salmos, se agrupan también en tres partes. Quizá por esto, la palabra salmodiar acaba significando, en el bajo medioevo, casi indistintamente la recitación de las horas litúrgicas y los diferentes modos de oración mariana repetitiva.

Los autores espirituales y los santos, en el afán de dotar de contenido a esa oración vocal, y de ayudar a los fieles a interiorizarla, vinculan esas tres partes a los tres estados de la vida cristiana: la conversión, la vida de la gracia, y la vida eterna. En otros casos, unen a la recitación de esas partes la consideración de los gozos de María, de sus dolores, o de las cinco llagas de Cristo. Así, este tipo de rezo logra integrar a la vez la intención de la plegaria, el uso de la imaginación, la insistencia en la petición, la admiración y la compasión, junto con la tensión propia de la oración, ayudada además de gestos corporales, como las inclinaciones y las genuflexiones. 

También por esa época, algunos fieles comienzan a utilizar un cordel con nudos que les ayuda a contar los Padrenuestros. A los fabricantes de este cordel se les llamaba «paternostreros», aunque ya el cordel no fuera sólo de nudos sino que tuviera granos o bolas. De momento, este cordel anudado no tiene un nombre específico. 

2. La consolidación en el hogar de la Cartuja

A mediados del siglo XIII aparece en la Renania, Flandes y las tierras del Ducado de Borgoña, la expresión Psalterium Beatae Mariae para designar explícitamente una práctica devocional, cada vez más extendida, consistente en la recitación de tres cincuentenas de Avemarías, con intercalaciones de doxologías trinitarias. En estos territorios había una presencia considerable de monasterios de Cartujos: alrededor de cincuenta. Estos monjes, en su tarea de guiar a los fieles por caminos de oración, encontraron en esta devoción un instrumento válido. 

¿En qué se concreta la influencia de la Cartuja en la formación del Rosario? En varios puntos. Un aspecto de gran importancia es el relativo al perfeccionamiento de la fórmula de la oración vocal. Todavía para estas fechas, al recitar el Avemaría sólo se decía la primera parte, esto es, la compuesta por las salutaciones del arcángel San Gabriel y de Santa Isabel. Aún no se había compuesto la oración de petición de la segunda parte del Avemaría. Esta oración tiene un origen cartujo. La petición Sancta Maria, ora pro nobis aparece por vez primera en un breviario cartujano del siglo XIII. En el siglo siguiente, también en breviarios de la Cartuja, la fórmula se desarrolla, con la adición Ora pro nobis peccatoribus. Amen. En algunos casos aparece, después de la palabra Maria, una explicitación: Mater Dei. Por fin, hacia 1350, y también en otro breviario cartujano se encuentra la conclusión: Nunc et in hora mortis [nostrae]. Amen. Esta fórmula acaba constituyéndose como la respuesta y el complemento del Avemaría. De este modo, a la oración de alabanza se une la oración de petición. 

Casi simultáneamente al proceso de creación y adición de la segunda parte del Avemaría, se introduce la recitación del Padrenuestro al comienzo de cada serie de diez Avemarías. Se atribuye esta novedad al monje de la Cartuja de Colonia, Enrique de Kalkar. Esta innovación tuvo gran aceptación entre los fieles, y se difundió rápidamente. También es de esta época y entorno geográfico y espiritual, la consolidación de una praxis que alcanzará fortuna: con el fin de facilitar la devoción y el recogimiento se hizo frecuente reducir las Avemarías a 50, en el llamado todavía Salterio de María. 

Otra aportación que surge en este hogar cartujano es el nombre que recibirá esta devoción. En los territorios flamencos se comienza a mencionar esta práctica con la palabra hodekin, y en la zona francófona con la expresión chapelet. Tanto la palabra francesa como la flamenca encierran, en su significado original, el concepto de prenda para cubrir la cabeza, de sombrero. Pero en este caso eran unos sombreros de características especiales: se trataba de un tocado confeccionado con flores que se regalaba, como señal de amor o de homenaje, a la persona amada o a la que se deseaba honrar. Por extensión, también se ofrecía a la Virgen. El paso del sombrero material a otro espiritual, confeccionado con oraciones que se convierten en flores místicas, era casi obligado. 

Un origen análogo —de prenda para cubrir la cabeza— tiene la expresión alemana Rosenkranz. Sin apartarnos de la metáfora floral, en el entorno de la Cartuja renana comienza a compararse a María con la rosa, la más apreciada de las flores. Al recitar el Salterio de María, la Virgen recoge, en forma de rosas, cada una de las Avemarías que le dirige su devoto y confecciona con todas una corona de flores. 

También la palabra Rosarium es utilizada entre los cartujos, pero con un significado algo distinto al actual común. Sirviéndose del uso que de esta palabra se hacía en el latín medieval —colección o cadena de textos de determinadas materias—, en la Cartuja comienzan a aplicar este vocablo a una colección de frases breves, que servían para la recitación meditada de las Avemarías. Estos textos recibieron el nombre de cláusulas por ser proposiciones con las que se concluía, se cerraba, cada Avemaría. Se trata de comentarios breves y penetrantes, de fórmulas que conducen a la contemplación a partir de la oración vocal. La atención del espíritu y del corazón puede detenerse en la consideración de los beneficios de la salvación obtenida por Jesús, en la contemplación íntima de su misterio a través de los múltiples acontecimientos de su vida. 

En la redacción de las cláusulas, hay un nombre propio que va a tener especial relevancia en la historia del Rosario: Domingo de Prusia. A la vista del bien que había comprobado en su alma, pensó que su experiencia podría ayudar a los cartujos de Flandes que recitaban el Salterio de María. Con este fin, y entre los años 1435 y 1445, compuso 150 cláusulas, divididas en tres secciones, correlativas a los evangelios de la infancia de Jesús, de su vida pública, y de su Pasión y Resurrección. 

El espíritu que animó a Domingo de Prusia lo explicó él mismo con estas palabras: «No es necesario detenerse demasiado en las palabras que se digan en este Rosario. Cada uno, según su agrado y la devoción que el Señor le conceda, puede prolongar, acortar, mejorar. Se puede evocar la vida del Salvador con palabras, o representarla sutilmente en la memoria, unas veces de un modo, otras, de otro. Todo dependerá, en cada caso, de su estado de ánimo, de sus fuerzas, del tiempo de que disponga». La intención es, pues, que la oración vocal se convierta progresivamente en una oración interior. 

Con la aparición de la imprenta, se imprimen abundantes Rosarios, en forma de folletos, escritos en el entorno de la Cartuja y, al socaire de la obra de Domingo de Prusia, alcanzan gran difusión. Algunos están escritos ya en lengua alemana. La palabra Rosario se sigue usando en el sentido dicho más arriba: conjunto de fórmulas —cláusulas— para ayudar en la recitación de las Avemarías, siguiendo los misterios de la vida de Jesús. Su difusión fue especialmente notable en las regiones de Renania y Flandes. 

3. La Orden de Santo Domingo y la difusión del Rosario

En la consolidación y difusión de la práctica del Rosario hay un nombre que destaca sobre los demás: el dominico Alain de la Roche. Este fraile bretón, en el tiempo de su estancia en Flandes, conoció la labor de los cartujos en la propagación del Salterio de María y del Rosario, esto es, de las cláusulas de Domingo de Prusia. Él mismo practicó y propagó esta devoción. Hasta aquí no hay novedad. Sin embargo, hay un hecho que marca un punto creciente de inflexión: la fundación, en Douai, de la Cofradía de la Virgen y de Santo Domingo, que establecía como obligación principal de sus miembros la recitación diaria del Salterio de María. 

¿Cuál es la aportación principal de Alain de la Roche? En cuanto al método y naturaleza del Salterio de María, de la Roche no cambia nada. Transmite lo recibido. La novedad está en el espíritu que infundió en la cofradía por él fundada. La obligación diaria del rezo del salterio mariano es el fundamento, pero a esto añade unos beneficios espirituales: la participación de los bienes espirituales de la Orden de Santo Domingo. Poco antes de su muerte, predicó un octavario a los miembros de la cofradía de Douai. Fue especialmente fogoso, y cuando habló de la comunicación de bienes, la extendió a todos aquellos que se inscribieran en una cofradía de características análogas. 

Estas características que imprimió a su cofradía son el germen de la gran difusión que va a tener la devoción del Rosario, pues ponen las bases para una amplia red de cofradías, una Ordo fraternitatis, que pronto se extendió por todo el orbe católico. La primera se fundó en el mismo año de la muerte de Alain de la Roche, en 1475, en el convento dominico de Colonia y se llamó la Cofradía del Rosario. Ya no se llama Salterio de María, sino Rosario, y supone variaciones respecto al método seguido en la cofradía de Douai, pero acentúa la participación en los bienes espirituales. 

Antes de seguir adelante, conviene hacer un alto para tratar el tema de la atribución del origen del Rosario a Santo Domingo de Guzmán. Hasta muy avanzado el siglo XV no hay ningún autor, ni ninguna fuente documental, que atribuya la Paternidad del Rosario al fundador de la Orden de Predicadores. Es en las últimas décadas de este siglo cuando comienza a extenderse la leyenda que hace de Santo Domingo, el fundador del Rosario. Y además se habla de una especial intervención sobrenatural de la Virgen, confiándole este encargo. Es lo que, en 1539, Lorenzo Lotto plasmará en el cuadro de La Virgen del Rosario, para la iglesia de Santo Domingo de Cingoli. 

Las investigaciones del último siglo ponen el origen de esta leyenda en la actividad del dominico Alain de la Roche. Es un hecho plenamente documentado que trató a los cartujos de Flandes y de otros lugares de Alemania donde residió. Fruto de esa relación es el conocimiento del Rosario de Domingo de Prusia (Salterio de María más las cláusulas). Asimismo, en su predicación para consolidar y extender su Cofradía de la Virgen y de Santo Domingo, explicaba con detalle dos relatos, que narran intervenciones especiales de la Virgen en torno a esta devoción. En el segundo se cuenta cómo la corte celestial, que reza el Rosario de Domingo de Prusia, pide a Dios la gracia de un gran provecho espiritual. 

Por alguna razón que ignoramos, al hablar y escribir de estos hechos, se fue omitiendo el apellido del autor del relato y, de algún modo protagonista de la visión, que no era otro que Domingo de Prusia. Si en una iglesia de la Orden de Predicadores se menciona con veneración y admiración a Domingo, sin mencionar su apellido, es fácil que el público acabe atribuyendo, lo que se diga de ese Domingo, al fundador de los Dominicos, a Santo Domingo de Guzmán. Es cierto que en el ámbito de la Cartuja se mantuvo, por decirlo de algún modo, la verdad histórica, pero la mayor presencia de los Dominicos en el orbe cristiano acabó por decantar la balanza hacia Santo Domingo de Guzmán. 

4. Creación de nuevas cofradías

La cofradía del Rosario de Colonia fue el primer paso para la proliferación de nuevas cofradías, que en poco tiempo se multiplicaron por los países del Occidente cristiano. La Orden de Santo Domingo se hizo cargo de su guía y dirección, y de hecho ejerció un monopolio sobre la creación y establecimiento de nuevas cofradías, y el desarrollo de sus estructuras. De Alemania pronto pasó a Italia, donde, debido al gran número de conventos dominicos, florecieron por doquier. 

Es en Italia donde se concreta el aspecto de la vida de Cristo y de la Virgen que hay que considerar. En el siglo XV, en Colonia era uso común que cada una de las cinco decenas de Avemarías honraran a la Virgen en cinco momentos de su vida: Anunciación, Visitación, Natividad, el Niño perdido y la Asunción. Además, cada decena iba seguida de un Padrenuestro con el que se conmemoraba la Pasión de Cristo: oración en el huerto, flagelación, coronación de espinas, cruz a cuestas y crucifixión y muerte. Con todo, había una cierta libertad. Cuando las cofradías del Rosario llegan a Italia, aparece una expresión nueva, para designar el pasaje que se va a contemplar mientras se reza la decena: «misterio». En 1480, en el estatuto de las cofradías de Venecia y de Florencia, ya aparece designado cada grupo de misterios con el nombre con que ha llegado hasta nuestros días: gozo, dolor y gloria. 

Al mismo tiempo, gracias a la imprenta, se publican textos que ayudan a la difusión y propagación del Rosario. La obra más completa de este comienzo del XVI es el Rosario della gloriosa Vergine Maria, de Alberto Castellani, publicado en Venecia en 1521. En esta obra, el autor proporciona material de meditación, no ya para cada misterio, sino para cada una de las oraciones vocales que se repiten. Hay, en el fondo, un eco de las antiguas cláusulas que difundieron los Cartujos. Y para ayudar aún más a la contemplación, en todas las páginas pares hay una ilustración, un grabado, que representa gráficamente el texto de meditación, escrito en las impares correspondientes. El libro de Alberto Castellani era una guía para la oración, con la que se pretendía que los fieles tuvieran materia suficiente para que la meditación acompañara a la plegaria. No obstante, en la recitación habitual del Rosario hay una evolución paulatina hasta llegar a un proceder semejante al actual. 

5. Institución de la fiesta de la Virgen del Rosario

Durante el asedio de la plaza fuerte de Neuss, el dominico Jacobo Sprenger hizo la promesa de erigir una cofradía, en su convento de Colonia, si se levantaba el sitio. La plaza quedó libre enseguida, casi súbitamente. Era un favor más que añadir a los relatados por los Dominicos, para mostrar la eficacia del Rosario, aunque de un tipo diferente, pues lo habitual era relatar fundamentalmente favores de naturaleza espiritual. Poco después, en septiembre de 1475, fundó la Cofradía de Colonia. 

El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar la batalla de Lepanto, en la que las fuerzas cristianas destrozaron la armada turca. Los países cristianos acogieron con júbilo la noticia, y la emoción se amplió por las connotaciones religiosas. Así, cuentan los biógrafos de San Pío V que, ese mismo día, tuvo la certeza interior de la victoria, y dio gracias a Dios y a la Virgen por el éxito de la Cristiandad. Pronto se extendió la convicción de que se había vencido por un especial auxilio de la Madre de Dios. Por otra parte, el 7 de octubre de 1571 cayó en domingo, y el primer domingo de octubre era un día especial de fiesta en las cofradías del Rosario. 

En el contexto de este impulso de fervor religioso se inscribe la institución de la fiesta del Rosario. Ya en algunas cofradías se había establecido la costumbre de honrar a la Virgen del Rosario en una fecha precisa, que variaba de unas a otras. El primer intento de fijar la conmemoración de esta advocación fue en 1572, cuando San Pío V estableció, para la Cofradía de Martorell (Barcelona), el primer domingo de octubre, al tiempo que concedió privilegios e indulgencias. 

Al año siguiente Gregorio XIII instituyó, con carácter más formal, la celebración de la fiesta de la Virgen del Rosario para el primer domingo de octubre, pero sólo en las iglesias que tuviesen cofradía del Rosario. Aunque la concesión estaba perfectamente delimitada, poco a poco se fue ampliando a las diócesis, especialmente con ocasión de nuevas victorias sobre la media luna. En 1716 hubo una victoria memorable: Eugenio de Saboya derrotó a los turcos en Peterwaradin el 5 de agosto. En señal de agradecimiento, Clemente XI extendió la fiesta del Rosario a la Iglesia universal. Actualmente tiene el rango litúrgico de memoria y se celebra el 7 de octubre. 

El Rosario, por sus características, es una oración que permite ser rezada tanto en común como en privado. Durante siglos, hasta que la liturgia permitió la celebración vespertina de la Santa Misa, el Rosario de la tarde era el eje habitual de la actividad piadosa y cultual en las parroquias. Y a su vez, se extendió la costumbre de poseer cada persona un rosario para rezarlo en privado, en cualquier momento. En la literatura hagiográfica del siglo XVII es un lugar común señalar que los personajes piadosos rezan diariamente el Rosario. Y es prácticamente imposible encontrar un santo de la época que no lo recomiende. 

Hay un personaje que tiene una relevancia singular en la historia de la devoción del Rosario, especialmente por su empeño de conducir al pueblo cristiano hasta las alturas de la vida espiritual: San Luis María Grignion de Monfort. A todos exigía un compromiso total en el seguimiento de Cristo, aconsejando la oración diaria y el recurso al director espiritual, incluso a las gentes ocupadas en los trabajos del campo o manuales. Para conducirles por los caminos de interioridad, se apoyaba sobre todo en el Rosario, oración adecuada a la gente sin estudios. Y, para que valorasen esta práctica devocional, explicaba su eficacia, condicionada a las buenas obras y a la penitencia. No dejaba de hablar de los prodigios y maravillas del Rosario, aunque daba más importancia a los favores de naturaleza espiritual que a las curaciones físicas. Y, sobre todo, animaba a que los fieles se introdujeran en la contemplación, hablando de los misterios como momentos de la presencia de Jesús, siempre vivo. 

Cuando llegó la Revolución Francesa y el culto católico quedó prácticamente suprimido en muchos lugares, la recitación del Rosario fue en muchos casos la única actividad piadosa colectiva posible para tantos fieles que, a causa de la persecución, no podían vivir ni manifestar su fe y su piedad por los cauces habituales. 

Pasados los rigores revolucionarios, la autoridad eclesiástica se vio empeñada en la restauración de la vida cristiana. Uno de los medios empleados para despertar y fomentar la piedad fue el fomento del rezo del Rosario. Al mismo tiempo, aparecieron nuevas iniciativas que, más o menos directamente, estimulaban esta devoción: el Rosario viviente, el Rosario perpetuo, el Mes de María… Estas nuevas realidades, junto con la reinstauración de las congregaciones religiosas, favoreció la expansión de esta devoción mariana. 

A todo lo anterior hay que añadir un acontecimiento de importancia capital: las apariciones de la Virgen María en Lourdes, en las que el pueblo cristiano entendió, entre otras cosas, que agradaba a la Virgen el rezo del Rosario. Cuando, ya en el siglo XX, se produjeron las apariciones de Fátima, en las que se recomendaba expresamente el rezo del Rosario, esta devoción alcanzó nuevo impulso. 

7. El Rosario en el magisterio de los últimos Pontífices

León XIII publicó más de dieciséis documentos que trataban de la devoción del Rosario; doce de los cuales, con el rango de encíclicas. El contenido de estos escritos no aporta novedades en el campo de la teología espiritual; más bien retoma reflexiones ya conocidas de antiguo, recogidas en los distintos tratados sobre el Rosario. León XIII escribió estos documentos para exhortar al pueblo cristiano al rezo del Rosario, remedio eficaz para proteger a la Iglesia y a las almas de los peligros que les amenazan. La eficacia del Rosario, recuerda León XIII, deriva del papel que Dios ha concedido a María en la economía de la Redención. También presenta esta devoción mariana como un medio apto para revitalizar la vida cristiana, siempre que el orante fije su atención en el amor infinito de Dios Redentor. 

Las encíclicas de León XIII también disponen, prescriben y organizan. Así, por ejemplo, la práctica del mes de octubre-mes del Rosario, procedente de España, se extiende a todo el mundo y se le otorga un ritual que comienza a vivirse en todas las iglesias. Éste consistía en integrar el rezo colectivo del Rosario, en las bendiciones del Santísimo Sacramento, durante ese mes de octubre. El Papa también estimuló el rezo del Rosario colectivo, dotándolo de características casi litúrgicas, y exhortó a la recitación familiar y privada de esta oración. 

El alcance de este planteamiento pastoral de León XIII fue grande, por la insistencia y frecuencia con que se dirigió al pueblo cristiano: fue como una movilización de toda la Iglesia para la oración, hasta el punto de que se puede decir que este Papa ha contribuido a hacer del Rosario, definitivamente, una oración eclesial. 

Los Papas siguientes, San Pío X y Benedicto XV, no escribieron ningún documento de relieve sobre el Rosario. No así Pío XI, que publicó la Encíclica Ingravescentibus, del 29-IX-1937. También Pío XII escribió una Encíclica sobre el Rosario: Ingruentium malorum, del 15-IX-1951. El Beato Juan XXIII es el autor de la encíclica Grata recordatio, del 26-IX-1959. 

Pablo VI publicó las Encíclicas Mense Maio, del 29-IV-1965 y Christi Matri, del 15-IX-1966, donde recomienda de nuevo el rezo del Rosario: y dos Exhortaciones Apostólicas: Recurrens mensis october, del 7-X-1969; y Marialis cultus, del 2-II- 1974. Este último documento, escrito «para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María», reviste una especial importancia para esta devoción mariana, pues dedica los números 42-55 al Rosario, a su pedagogía, y establece las condiciones para la renovación de su práctica. 

Finalmente Juan Pablo II, que escribió la ya citada Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, del 16-X-2002. Es un documento casi exhaustivo. En la Introducción, el Pontífice sintetiza la historia del Magisterio Pontificio sobre el Rosario y se plantea su vigencia actual. En el capítulo 1, Contemplar a Cristo en María, insiste con profundidad en el carácter contemplativo de la oración del Rosario. El capítulo 2, Misterios de Cristo, misterios de la Madre, explica la naturaleza y las raíces profundamente evangélicas del Rosario, y cómo por la Madre se llega al Hijo. Es en este capítulo donde introduce el Papa la novedad de los Misterios de luz. Estas escenas de la vida de Jesús ya estaban en la tradición de la Cartuja, pero no pasaron a la tradición dominicana del Rosario. El capítulo 3, Para mí la vida es Cristo, explica que el Rosario es un camino válido para la profundización en el misterio, un buen método de oración. Con este fin repasa las distintas oraciones del Rosario, explicando su naturaleza y su contenido. 

Con este último documento pontificio, se hace patente el interés que siempre han tenido los pastores de la Iglesia y los santos en inculcar el rezo del Rosario, pero enseñando a pasar de la mera recitación a la interiorización y a la oración contemplativa.