3.2 El marxismo
Contenido
Parte del curso de Filosofía de la religión.
1. Las Tesis sobre Feuerbach
Inicialmente, Karl Marx (1818-1883) reconoció la importancia de Feuerbach en la crítica del sistema hegeliano y en poner al hombre en el centro de la filosofía. Sin embargo, en las «Tesis sobre Feuerbach» (1845), Marx toma distancia definitiva de Feuerbach y su materialismo teórico. El propósito central de las Tesis es definir el pensamiento propio de Marx en lo que tiene de nuevo y revolucionario: la praxis. Marx se opone no solo a Feuerbach, sino a toda la filosofía anterior, acusándola de haber disociado teoría y praxis, lo que constituía la alienación filosófica. En cambio, Marx busca anular esta disociación y establecer la praxis como criterio de la teoría, concibiendo la teoría como proyecto incluido en la praxis misma.
2. El lugar de la religión en el sistema marxista
En el marxismo, la religión no es un tema central pero sí constante. Marx se interesa por el hombre real y considera que la filosofía ya ha completado la crítica de la religión, que es la premisa de toda crítica. La religión es «la conciencia de sí y el sentimiento de sí» del hombre que no se ha encontrado. Es expresión de la miseria real y «opio del pueblo».
Con la crítica a la religión, la filosofía se libra de los encantamientos que ocultan la realidad. No resuelve los problemas, pero se hacen más claros. Para resolverlos, científicamente, está el «materialismo histórico».
Marx y Engels no dejaron un estudio sistemático de crítica de la religión, pero sí apuntes que actualizaban las líneas maestras heredadas. La crítica marxista de la religión pasa por tres fases:
- Crítica filosófica (de la religión): Adopta la visión de Feuerbach de que el hombre crea la religión. Los que creen en Dios son almas en pena, que no han dado con la clave de su propia existencia. Para Marx, la teología nunca ha sabido del hombre más que la filosofía, y lo que sabía lo ha expresado mal, pues usaba símbolos y no conceptos racionales (huella de Hegel). Lo que pregunta Marx (su aportación) es por qué el hombre necesita inventarse a un ser todopoderoso, a Dios.
- Crítica política (de la filosofía y la religión): El problema no es el Estado confesional, sino el Estado burgués, que es discriminatorio en esencia. Marx, como filósofo ilustrado, cree que la causa de todos los males está en el oscurantismo religioso y que con la razón crítica se libraría de ellos. Así, el problema reside en desarticular el Estado burgués, que impedía la emancipación del ciudadano. Marx critica la teoría burguesa del Estado, que identifica los intereses del Estado con los de los ciudadanos; pues, en realidad, al no poder identificar los intereses de los ciudadanos con los del Estado, estos deben alienar sus intereses. Así, el Estado burgués reproduce los mecanismos de la esencia religiosa, presentándose como una instancia superior, de la que depende todo individuo, pero siendo en realidad la institución del grupo dominante. De hecho, lo que hace es consagrar las diferencias sociales.
- Crítica materialista (de la filosofía, la religión y la política): Marx hace de la crítica económica la base de toda la revolución política (contradicción entre las fuerzas ascendentes de producción y las represivas relaciones de producción). Marx sostiene que el reflejo religioso del mundo sólo desaparecerá cuando las condiciones de vida representen relaciones razonables entre los hombres y la naturaleza, bajo un proceso social de producción racional. De fondo, al criticar al cristianismo, al Estado burgués y al capitalismo, lo que critica es su esencia religiosa. Para Marx, lo esencial de la religión es su mecanismo interno de proyección, objetivización, sumisión y adoración a un Dios falso, a una imagen o ídolo. Esto se esconde en la religión cristiana, el Estado burgués y la mercancía capitalista. Por tanto, hay que acabar con el corazón religioso de la filosofía, la política y la economía.
Aunque Marx se refiere principalmente a la religión analizada por filósofos alemanes como Hegel y Feuerbach, falta en él un conocimiento profundo del hecho religioso como fenómeno humano universal y de la historia de las religiones. Su crítica es hacia las Iglesias como fuerza política (promueve el proceso de Restauración), el cristianismo como ideología (la cobertura de ese proceso antisocialista), y la religión en su esencia (como primera ideología).
3. Actualidad de la crítica marxista de la religión
En el siglo XIX, Engels abogó por considerar la religión como un «asunto privado» en lugar de prohibirla directamente en una sociedad socialista. Engels recordaba los malos resultados del Kulturkampf (1870) contra el partido católico, que acabó fortaleciendo el partido. Por eso, en contra del filósofo Dühring, que quería prohibir la religión, entendió que la lucha debía ser indirecta; convirtiéndola en un asunto privado.
Para Engels, si la religión es la corona de flores con que se adorna la cadena de la esclavitud, habrá, primero, que romper las cadenas. Entonces no habrá necesidades de flores. Esto significaba reconocer la libertad religiosa a nivel individual, pero sin permitir que la religión tuviera una expresión pública o influencia en la construcción del socialismo. Engels concordaba con Schleiermacher en que la religión era algo del corazón.
En el siglo XX, había un callejón sin salida para la relación cristianismo-marxismo. Para la Iglesia católica, militar en una organización marxista era anatema. Entre los comunistas, algunos no se oponían a la militancia de cristianos, pero siempre con recelo.
En la segunda mitad del siglo XX se intentó superar la oposición mediante el diálogo marxista-cristiano de algunos intelectuales centroeuropeos, las experiencias de la teología de la liberación y de «Cristianos por el Socialismo» en Chile, o el movimiento obrero y los sindicatos en España, con presencia cristiana. Esto llevó a un desbloqueo que permitió la participación de cristianos en organizaciones marxistas y un reconocimiento por parte de algunos cristianos de la validez de ciertas críticas marxistas a la religión y de algunos postulados marxistas como mediaciones de la creencia.
Sin embargo, las crisis de los proyectos políticos marxistas en las décadas de 1960 y 1980 debilitaron estos planteamientos, llevando a un empobrecimiento teórico, despolitización y resignación entre los cristianos críticos. Condicionar el debate sobre la crítica marxista de la religión al interés político terminó ligando su destino a los vaivenes del marxismo como proyecto político, cuya crisis ha agotado dicho debate.
4. Por una nueva cultura política: puntos de encuentro para retomar el diálogo marxismo-cristianismo
El marxismo, ahora como «socialismo real» que crea miseria e injusticia, plantea al cristianismo dos desafíos a la conciencia y a la existencia religiosa, en torno a la verdad y a la historia.
La verdad: Marx no entiende la verdad como adecuación del pensamiento a la realidad, sino como realización del pensamiento (praxis). Por tanto, un pensamiento verdadero tiene que tener eficacia práctica. Si el cristianismo es compatible con la verdad, tendrá pretensión de universalidad y defenderá intereses universales y emancipatorios que afecten a todos los hombres.
La respuesta no está solo en las pretensiones del cristianismo, sino que debe encontrarse este interés universal. La teología de la liberación y la política sí lo encuentran, equiparando, a partir de la Biblia, el «conocer a Dios» y «hacer justicia a pobres e indigentes», a vivos y muertos. Así, para las teorías teológicas, el interés emancipatorio está presente en su sustancia y la pregunta por la verdad es una pregunta por la justicia; pero hay una diferencia fundamental con el marxismo: este último se queda en el hombre presente mientras que la Biblia abarca a todos los hombres, sin límite de tiempo o espacio. La teología devuelve la pregunta al marxismo: ¿es posible una universalidad que no afecte a todos?
La historia: El marxismo desafía la visión dualista cristiana de dos historias (sagrada y profana) y el foco en el destino individual. Para el marxismo, la existencia es un producto social y el hombre un sujeto histórico. ¿No se ha vaciado de contenido la historia mundana, donde el hombre se juega su realización? La teología postidealista acepta que solo hay una historia, en la que el hombre se juega su destino. Pero sigue habiendo dos diferencias fundamentales: (1) la amplitud de la universalidad (pues abarca a vivos y muertos) y (2) la justicia para con las víctimas (¿cómo hacer justicia a los muertos?).
Ahora bien, no solo hay que hacer justicia, en la historia, a las víctimas pasadas, sino que hay víctimas presentes a las que, de hecho, no se les hace justicia. El marxismo rebaja el concepto de justicia solo a lo realmente posible y entiende que, aunque no se haga justicia, el hombre sigue teniendo derecho a ella, por su dignidad. El cristianismo, en cambio, radicaliza el concepto de justicia, reconociendo a toda persona —viva o muerta, en la situación que esté— su derecho a la justicia, pero entiende que no siempre es el hombre quien hace justicia, sino Dios. La historia, responde el cristianismo al marxismo, no puede dejar de lado precisamente a las víctimas de la injusticia. Si no, haríamos de los perdedores la prehistoria y la historia sería de los vencedores. Esta es la gran aporía que se plantea.